Viernes 10 de enero - Nápoles, la capital de Maradona

En algún momento, en Argentina, cuando preparábamos este viaje, habíamos pensado que hoy íbamos a visitar Capri y la Gruta Azul, pero no habíamos averiguado nada en profundidad ni sacado ningún billete.
El caso es que, en invierno, no hay ferrys que salgan de Salerno, la única forma de llegar hasta la isla de Capri era con un barco desde Nápoles. Y si queríamos conocer la Gruta Azul, teníamos que estar, en Capri, a las 9 de la mañana, para poder hacer toda la movida de tomarse un colectivo hasta Anacapri, de ahí otro colectivo al muelle de la Gruta Azul y allí recién una barca hasta la gruta. Y para estar a las 9 en Capri, había que salir de Nápoles a las 6, y para salir de Nápoles a las 6 había que salir de Salerno a las cuatro…
O sea…
Capri en verano, en otro viaje.
Así que hoy fuimos a conocer Nápoles, que es una ciudad ¡gloriosa!
Primero caminamos un poco por Salerno, porque en el ida y vuelta de decidir qué hacíamos, perdimos el primer tren para Nápoles y teníamos que hacer una hora de tiempo.

 

Y no, no son pingüinos de verdad, que es lo que nosotros creímos al primer vistazo y aluciamos, es una intervención artística junto con todas las de las luces de la ciudad, de noche se prendían de amarillo.


Arrancamos desde la estación, caminando, hacia el puerto. Pasamos por el barrio de Spaccanapoli, donde la imagen del Diego está en todos lados, desde los murales hasta las estampitas al lado de las del Papa en los puestos para turistas.

 

De hecho, nos habían dicho que era una ciudad insegura, que mejor no fuéramos, que no nos perdíamos nada. ¡Una locura! Nunca sentimos ninguna inseguridad, y eso que nos metimos por callecitas angostas, solitarias o en medio de mercados populares en esos barrios bien napolitanos. De día, eso sí, no sabría que se siente por esos mismos lugares de noche, pero tampoco caminaría de noche por Lavalle y Florida tampoco, mucho menos por el Camino Negro en Buenos Aires.
Pero los colores, los sonidos, esas ropas colgadas en cualquier lado, esos tenders en medio de la vereda, sujetos con candados a las rejas, me encantó realmente.
Después de pasar por la plaza Garibaldi, fuimos por la Via San Gregorio Armeno, super famosa por sus mercaditos de navidad y por sus puestos donde venden las estatuillas de personajes famosos italianos para los belenes; y de ahí a la catedral de San Gennaro, que estaba cerrada, como todas las iglesias de Napoles ese día, lo que sí estaba abierto era el “Tesoro di San Gennaro” en el Duomo de Nápoles, pero ocho euros por cabeza. A esta altura del viaje, un museo que no tuviera un Miguel Ángel y costara más de dos euros, minga. Así que seguimos camino al bar Nilo, el bar obligado para todo amante de Maradona.

 


 



Después pasamos frente a la Basílica di San Domenico Maggiore y la Piazza del Gesú.
Pero antes, entramos al Museo Cappella Sansevero, donde hay dos esculturas que merecerían un museo para ellas solas, el “Cristo Velado” de Giuseppe Sanmartino, famoso por las transparencias del velo de mármol que envuelve al cuerpo de Cristo y el “Desengaño”, de Francesco Queirolo, un pescador que sostiene una red que lo tienta a uno a tocar si realmente esos cabos y nudos son reales o de mármol. Pero... ¡no photo! ¡Me cache en la memoria del Diego!
Pero lo que más impresionó a Carolina es el gabinete que hay bajando una escalerita a la derecha, que guarda dos cuerpos humanos totalmente descarnados en los que es posible observar de forma detallada en sistema circulatorio interno; nadie sabe cómo lograron esto ni cuántas veces tuvieron que probar con cuerpos hasta conseguirlo.

 

 

Obviamente, en Nápoles, almorzamos de parados una pizza en la calle y seguimos caminando, hasta llegar al Castel Nuovo y de ahí a la Galleria Umberto I, que parece la Galleria de Vittorio Emanuele II de Milán, pero muy, pero muy venida abajo.

 


Al toque queda la Piazza del Plebiscito, uno de los símbolos de Nápoles. Justo delante del Palacio Real y la Basílica de San Francisco de Paula, donde Francisco, como siempre, se colgó mirando esculturas y pinturas y casi se nos pierde por primera vez en todo el viaje.


 

Seguimos viaje hacia el Castel dell´Ovo, donde cuentan que el poeta Virgilio, considerado mago en la Edad Media, escondió un huevo mágico en sus cimientos, que protegió tanto el castillo como la ciudad de las catástrofes. Eso sí, tiene unas vistas increíbles de Nápoles. Pero ya eran casi las cinco de la tarde, hora en que queríamos entrar al Museo Arqueológico de Nápoles, porque a esa hora la entrada pasaba a costar la mitad, así que volvimos sobre nuestros pasos para tomar el metro hacia el museo, sin saber que la entrada al dichoso castillo era gratis.

 

 

 


El Museo Arqueológico de Nápoles merecería un post aparte, pero ya a esta altura estoy tan cansado de escribir como si hubiera caminado los 18 kilómetros diarios que hicimos de promedio en todo el viaje.
El museo es muy grande y si bien tiene muchísimas obras, lo que destaca, sin dudas, es su colección de frescos, mosaicos y objetos de las excavaciones de Pompeya y otros lugares que sufrieron la erupción del Vesubio, como ser Herculano. Otra cosa que no se puede perder son las esculturas de bronce de la Villa de Pisón de las excavaciones de Herculano, o las pinturas y objetos rescatados en el Templo de Isis de Pompeya.
Hay, además, una impresionante maqueta de Pompeya que permite tener una verdadera perspectiva de cómo se encuentran en la actualidad estos restos arqueológicos.
El museo cierra a las 19:30, por eso está a mitad de precio desde las 17 y por eso, también, nuestra recorrida fue bastante veloz, no por eso menos atenta. Eso sí, cuando estábamos saliendo vemos una puerta con el cartel de “Gabinete Secreto”, que, lógicamente, llamó nuestra atención, lo que no vimos fue el papelito pegado en la puerta que advertía que el ingreso a menores de 14 años era bajo responsabilidad de los padres…
¡Estaba lleno de pinturas, jarrones y esculturas eróticas! Y algunas no dejaban nada, pero nada, librado a la imaginación. Esperamos no haber traumado mucho a Francisco, que cada vez que nos cruzó en ese gabinete, bajó la vista y apuró el paso para alejarse.
Pero algo que nos dejó en claro ese gabinete es que las ideas mojigatas frente al sexo son puramente de la cultura cristiana, porque por lo que vimos ahí, antes del siglo V, las cosas eran mucho, pero mucho más “libertarias”.

 


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