Sábado 11 de enero - No todo es Pompeya, también está Herculano

Ya se nos estaban acabando las vacaciones, y a pesar de que el cansancio físico ya estaba haciendo añicos los cuerpos, decidimos salir a recorrer otra de las ciudades enterradas por la lava del Vesubio y rescatada siglos después, Herculano.
Pero primero, visitamos la Chiesa del Sacro Cuore de Salerno, sólo para sumar escalones a nuestro estado.

 

Herculano está más cerca del Vesubio que Pompeya, por lo que los ciudadanos tuvieron mucho menos tiempo de huir, las cenizas golpearon con mayor fuerza y quedó sepultada por completo conservándose mejor aún que Pompeya.
Casas, termas y tabernas están conservadas de forma impecable, hasta los edificios de dos y hasta tres plantas se conservan intactos y en el interior de algunos de ellos es posible contemplar los frescos y mosaicos.


 

La nueva ciudad, Ercolano, se construyó prácticamente sobre la antigua Herculano, por lo que las casas de los antiguos habitantes se encuentran prácticamente junto a las de los nuevos, así que la gente, humilde en su gran mayoría, cuelga sus ropas, casi sobre las mimas ruinas.


 


 

 


El recorrido termina en lo que era antes la playa (después de casi 20 siglos, se ganaron cientos de metros al mar) y están las cuevas que daban a la costa, donde quedaron cientos y cientos de personas que habían intentado escapar de la ciudad en barcos...

 


A la salida, vimos que el sol caía sobre el mar y nos pareció una buena idea apurarnos para ver el atardecer. No fue tan buena idea.
El Google Maps nos llevó por una callecita que rodeaba el parque arqueológico, que a las cuadras se transformó en un callejón encerrado entre dos grandes muros que corrías metros y metros hacia el mar y donde los napolitanos tiraban desde el otro lado habitualmente bolsas de basura. No fue el mejor recorrido del viaje, encima, cuando llegamos a la playa, pasando por debajo de un puente del que en otras circunstancias hubiéramos huido, el sol ya se había escondido bajo el mar.
Y si el sol se había escondido, ya las sombras acechaban, por lo que la vuelta, que no fue por ese callejón ponzoñoso, fue bastante tétrica, porque las calles alternativas a ese callejón, si bien estaban un poco más limpias de basura, no daban ni un poquito de tranquilidad iluminadas malamente con las luces de las casas.
Pero, afortunadamente, llegamos sanos y salvos nuevamente a la puerta del parque arqueológico, compramos unos sanguches en una marcellería, unas clementinas (el mejor, tal vez, descubrimiento de todo el viaje) en una verdulería, y cenamos de camino al tren de vuelta a Salerno.
Esa noche cenamos en un pequeño restaurante, medio modernoso, de nombre “Al dente”, que le hace perfectamente honor a las riquísimas pastas que comimos.



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