Martes 7 de enero- Nadando en Siracusa
Ya repuesto, a la
mañana desayunamos en el hotel y, esta vez sí en tren, salimos hacia Siracusa.
Otra memorable ciudad de Sicilia.
Lo primero que
hicimos al llegar fue caminar desde la estación al Parque Arqueológico
Neapolis, donde hay un impresionante anfiteatro romano, y una de las cosas más
locas que conocimos, la Oreja de Dionisio, que es una cueva natural donde,
dicen, el rey Dionisio encerraba a sus oponentes y dejaba a dos guardias en la
puerta, la acústica impresionante del lugar hacía que desde la entrada se
escucharan los susurros más bajitos que pudieran hacer desde el rincón más
escondido de la cueva. No sabemos si es verdad o mito, lo que sí comprobamos, a
fuerza de aplausos de Francisco, la impresionante sonoridad de la caverna.
De ahí, fuimos
caminando hacia la isla de Ortiga, la parte más antigua de la ciudad, donde
recorrimos esas calles milenarias hasta llegar a la playa, donde Fran y yo
finalmente cumplimos el sueño de bañarnos en las aguas del mar Jónico en pleno
invierno europeo.
A la vuelta
pasamos por un castillo loco y almorzamos una sanguches sentados a la vera del
mar.
De regreso en el
tren nos volvimos a encontrar con la familia bielorrusa que nos habíamos
cruzado en la playa y en la costanera, familia bielorrusa que tenía una nena
hermosa que se enamoró de nuestro Francisco, pero eso tampoco sabemos muy bien
si es mito o realidad.
A la llegada a
Catania, después de un baño reparador, fuimos a cenar al restaurante que más
nos gustó de todo el viaje, por la atención, por la calidad de los platos, por
los precios y por la onda en general, I Moschettieri II, justo a la vuelta del
hotel. Tanto nos gustó que reservamos una mesa para la siguiente noche con el
postre tradicional de Sicialia, la casatta.
















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