Domingo 05 de enero - Un viaje en el tiempo en Agrigento


Desayunamos en el hotel, Marco nos trajo unos cornetos rellenos de una crema de pistaccio alucinante y recién ahí descubrimos la tradición italiana de desayunar con un capuccino, pero terminar con un expresso, costumbre riquísima, pero impracticable en la vida cotidiana.
Nos proveímos de pan y fiambre y encaramos a pie hacia el valle de los templos, que quedaba convenientemente cerca del hotel.



El yacimiento arqueológico del Valle de los Templos está en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO; sus templos dóricos constituyen uno de los testimonios más importantes de la cultura y del arte griego y explican una historia milenaria que empezó en el siglo VI a.C. con la fundación de la antigua colonia de Akragas.

 

La ciudad alcanzó su máximo esplendor en el siglo V a.C., cuando Akragas se enfrentó a los cartagineses y los derrotó en la batalla de Himera, en el año 480 a.C, 60 años después, Cartago se tomó la revancha y destruyó la ciudad enemiga. Dos siglos más tarde, la ciudad fue conquistada por los romanos, que la rebautizaron con el nombre de Agrigentum.
Comenzamos el recorrido por el Templo de Juno Lacinia, en la cima del Valle de los Templos, que data del 450 A.C. y conserva la fila de columnas septentrional y parcialmente la de los otros tres lados.
Seguimos caminando junto a la muralla hasta el Templo de la Concordia, que es el templo mejor conservado, con 42 metros de largo por 19,5 de ancho y que fue levantado entre el 450 y el 400 A.C. Denominado así por una inscripción latina encontrada en su entorno, es muy probable que el templo de la Concordia estuviese dedicado a Castor y Pólux.

 



Más adelante, la Villa Aurea, sede hoy de la dirección de la zona arqueológica y que posee restos de una necrópolis bizantina con enterramientos subterráneos además de la necrópolis Gianbertoni, de época helenística con enterramientos de sarcófagos.
Después, el Templo de Hércules, el más antiguo de los templos conservados en Agrigento, fechado en el 510 A.C. y restaurado en 1924.
Nos desviamos un toque hasta la Tumba de Terón, monumento funerario del siglo I A.C., con planta cuadrada coronado por una torre con las puertas ciegas talladas en piedra calcárea y columnas dóricas coronadas por capiteles jónicos en los ángulos.


Volviendo al camino, llegamos al Templo de Júpiter Olímpico, un gigantesco edificio con una planta de 112,5 m de largo por 56 de ancho que nunca fue finalizado. Además de poseer columnas de 17 metros de altura y 4,2 de diámetro estaba adornado con 38 estatuas de Atlantes de casi 8 metros de altura. Ahí mismo, se puede ver la reproducción de uno de estos Atlantes cuya pieza original se encuentra en el Museo Arqueológico Regional Pietro Griffo, al cual fuimos más tarde.
Ya era mediodía, así que aprovechamos la sombra de un árbol y almorzamos los sanguchitos mirando el horizonte del mar Jónico.


De ahí, paseamos por el Giardino Kolymbethra, uno de los jardines más antiguos de la humanidad. Para llegar, finalmente, al Templo de Vulcano, que aún conserva dos columnas y el basamento.
Salimos del Valle de los Templos y encaramos hacia el museo. Una ridiculez que no haya un sendero peatonal que los una, por lo que tuvimos que caminar por la calle, literalmente, porque no hay veredas en varios tramos, por una subida kilométrica y desgastante hasta el museo.
Pero valió la pena, porque la colección es muy interesante, más allá del impresionante atlante. Y tiene un video muy didáctico de la historia de la ciudad y de cada uno de los templos.

 

 

 

 

 

Regresamos a por las valijas, subimos al coche y salimos a la ruta, de regreso a Catania.
Devolvimos el auto en el aeropuerto y subimos con las valijas a un colectivo que nos dejó en la estación de tren, a dos cuadras del hotel, uno de los hoteles más particulares y kitsch del viaje, el Villa Romeo.

 

Después de cenar en Biff Grill House Hamburgheria unas hamburguesas decentes, conseguí en un almacén a la vuelta del hotel, una botella de amaro, que me había encantado en Agrigento, así que terminamos ese largo y enriquecedor día siciliano, con un amaro y un toscano en el patio techado.

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